La cosa infinita (Daniel Omar Cignacco)

Códigos de una tarde eterna

El trazado tranquilo de Versalles dejó de pertenecer al asfalto cuando las casitas bajas y las veredas arboladas comenzaron a descompilarse en una trama de luz pulsante. No hubo temblor; solo un zumbido de baja frecuencia que reemplazó al rumor del tren Sarmiento. En un abrir y cerrar de ojos, la fisonomía del barrio más silencioso de Buenos Aires se reconfiguró en una utopía algorítmica: los adoquines centenarios de la calle Arregui mutaron en senderos de fibra óptica y los techos a dos aguas pasaron a renderizarse como estructuras geométricas de neón.

Los vecinos flotaban a pocos centímetros del suelo, rodeados por una brisa de datos que ajustaba la temperatura al gusto de cada peatón. En la Plaza Ciudad de Banff, los paraísos y las damaras tradicionales se convirtieron en frondosos hologramas iridiscentes que proyectaban sombra o luz según el estado de ánimo de quien se sentara a su alrededor. Nadie extrañaba el ruido de la avenida General Paz ni el paso del tiempo real. En este Versalles digitalizado, la vida transcurría en una eterna tarde de domingo en código puro, donde la identidad de barrio porteño sobrevivía intacta, pero inmune a la vejez y al olvido.

Daniel Omar Cignacco

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