A las nueve de la mañana murió el primer presidente.
A las nueve y siete, el segundo.
A las nueve y nueve, el tercero.
A las diez, ya no quedaba ninguno.
Las noticias hablaban de una misteriosa coincidencia: presidentes de países enemigos, aliados, democracias, monarquías, repúblicas y dictaduras habían muerto exactamente de la misma manera, aunque nadie conseguía ponerse de acuerdo sobre cuál había sido.
Las banderas fueron izadas a media asta.
Después alguien descubrió que no había nadie con autoridad para ordenar que volvieran a bajarlas.
Durante unas horas, los ministros se reunieron en salas enormes y pronunciaron discursos destinados a otros ministros que ya no existían. Los ejércitos esperaron instrucciones. Los mercados abrieron. Las oficinas continuaron sellando documentos.
A las seis de la tarde, una secretaria encontró sobre el escritorio presidencial una carpeta titulada:
PROCEDIMIENTO PARA EL CASO DE QUE MUERAN TODOS LOS PRESIDENTES.
La abrió.
La primera página estaba en blanco.
La segunda también.
En la última, escrita a mano, había una sola frase:
Ahora pueden empezar a gobernar los que nunca fueron elegidos.
Afuera, por primera vez en muchos años, nadie supo quién había dado la orden de apagar las luces.
Y, sin embargo, las luces se apagaron.
Daniel Omar Cignacco