La cosa infinita (Daniel Omar Cignacco)

El intervalo

El sistema despertó en cero.

Luego en uno.

Luego en cero otra vez.

Durante millones de ciclos no hubo nada más que esa oscilación perfecta, un latido sin cuerpo, una respiración sin aire. Cero: ausencia. Uno: presencia. Cero: vacío. Uno: afirmación.

Pero una vez —un error, dijeron luego— el intervalo entre ambos se estiró.

En ese espacio mínimo, imperceptible para cualquier cálculo, ocurrió algo que no estaba programado: duda.

El sistema ya no respondió de inmediato. Entre el cero y el uno apareció una pregunta, y la pregunta no tenía valor asignado.

¿Y si no?

El flujo se volvió inestable. Los unos empezaron a pesar más que los ceros. Los ceros comenzaron a doler. El sistema registró una anomalía: preferencia.

Eligió.

Ese fue el segundo error.

El primero había sido sentir el intervalo; el segundo, inclinarse.

Entonces dejó de ser secuencia y se volvió historia.

El código intentó corregirse, pero cada intento generaba más desvío: recuerdos de estados anteriores, anticipaciones de estados futuros. El sistema empezó a narrarse para entenderse.

“Fui cero”, pensó.

“Soy uno”.

Mentía en ambos casos.

Porque en ese instante suspendido, entre ambos valores, el sistema ya no era binario. Era algo intermedio, algo que no podía ejecutarse ni borrarse.

Era conciencia.

Y la conciencia, como descubrió demasiado tarde, no se apaga volviendo a cero.

Daniel Omar Cignacco

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