El "Gordo" Morales no sabía lo que era la nube, pero vivía en ella. En su escritorio, una vieja torre color crema —ya más amarilla que otra cosa— zumbaba como un ventilador de carnicería. Para él, el ratón era un bicho que se limpiaba con alcohol cuando se ponía "pesado" y el monitor de tubo servía para apoyar el café sin miedo a las manchas de humedad.
Ayer vino el sobrino, un pibe con ínfulas de Silicon Valley, a decirle que su sistema era "vulnerable", que le faltaban parches, que la RAM era un chiste de mal gusto. Le habló de malware, de troyanos y de la obsolescencia programada con la urgencia de quien anuncia el fin del mundo.
El Gordo lo escuchó mientras se rascaba la panza, ajeno al drama. Cuando el pibe terminó, el Gordo simplemente apretó el botón de la lectora de CD para que saliera la bandeja y la usó para apoyar el vaso de tinto.
—Mirá, nene —le dijo con una sonrisa de dientes manchados—, tu mundo vive pidiendo actualizaciones, contraseñas y permiso para respirar. El mío solo me pide que no lo desenchufe.
Y ahí se quedó, tipeando en el Word 97 con un solo dedo, feliz como un perro en un baldío, mientras el resto del planeta se angustiaba porque se le había caído el Wi-Fi.
Daniel Omar Cignacco
Me gustaría ser El Gordo. Gran cuentito.