Una ciudad de concreto y ceniza dormía bajo un cielo sin luna. En una habitación pequeña, un escritor apuntaba palabras que olían a tinta vieja y miedo: cada frase era un puente hacia un silencio que nunca terminaba. Afuera, sirenas apagadas, vitrinas rotas, y una lluvia de polvo que parecía escribir sobre las paredes con letras grises.
El mundo había dejado de palpitar cuando el último rumor de vida se desvaneció. Él, sin embargo, seguía buscando voces en las sombras, como si las palabras pudieran llamar a alguien, a cualquiera, incluso a sí mismo, para decirle que no estaba solo. Cada noche, encendía la lámpara y leía en voz alta los nombres que había inventado para seres que ya no existían: Lira, Anochecer, El Puente Que No Lleva a Ningún Lugar. Pero la habitación respondía con un susurro seco, y él sabía que las voces que importaban eran las que no podían decirse en voz alta.
Entonces, comprendió que la soledad no era la ausencia de compañía, sino la imposibilidad de compartir el latido de un mundo que ya no latía. Cerró el cuaderno, dejó la pluma caer sobre la mesa y, por primera vez, dejó de escribir para escuchar: el eco era apenas una vibración en la pared, un pequeño latido que parecía decirle, desde algún rincón del polvo, que todavía quedaba una historia por contar, aunque nadie la leyera. Y así, el escritor siguió siendo el último lector de su propia creación, esperando que la próxima página traiga, al menos, una voz que lo llame de vuelta.
Daniel Omar Cignacco
Es un fragmento evocador, lírico y con una voz narrativa sólida. Logras que el lector sienta el peso del silencio, lo cual es el mayor triunfo de cualquier relato que trate sobre la soledad. El texto no solo se lee, se respira.