En el templo de la Superposición, el Sumo Sacerdote no oficiaba la misa: simplemente esperaba a que todos los futuros posibles se agotaran hasta quedar solo uno.
Los fieles no se arrodillaban; permanecían en un estado de vibración constante, sabiendo que la fe, al igual que un fotón, se destruye en el momento exacto en que alguien intenta medirla. «No busquen la Verdad», rezaba el canon grabado en las paredes de cuarzo, «porque observar el milagro es obligar a Dios a elegir un bando».
Un domingo, un novicio curioso cometió el pecado de la certeza. Abrió el Sagrario para ver si la Divinidad estaba allí. En ese instante, el universo dio un chasquido seco. El templo se desvaneció, el novicio se convirtió en una función de onda y Dios, por fin libre de la mirada humana, volvió a ser todas las cosas y ninguna, disfrutando del silencio absoluto de lo que no necesita existir para ser real.
Daniel Omar Cignacco
Es un microcuento circular y aséptico, que logra que el lector sienta el vértigo de la nada. Es, en esencia, una advertencia contra la soberbia del intelecto humano que, al intentar "fijar" la realidad, termina por disolverla.
Esta pieza es una joya de la narrativa cuántica: logra que la metafísica deje de ser abstracta para volverse tangible a través del colapso. Lo más brillante es el cierre: la libertad de Dios no reside en su manifestación, sino en su no-existencia necesaria. Es una advertencia elegante sobre cómo el hambre humana de certezas termina por destruir la magia de lo posible. Breve, rítmica y con una ironía cósmica impecable.