No hubo estrépito. Solo un chasquido seco, casi orgánico, y luego el silencio absoluto de los ventiladores. El cursor, que hasta un segundo antes palpitaba con una urgencia eléctrica, se quedó petrificado en mitad de una frase a medio escribir.
Él no se movió. Se quedó mirando el rectángulo de cristal, ahora convertido en un espejo negro que le devolvía su propio rostro: una mancha pálida y sin rasgos definidos en la penumbra del estudio. Estiró la mano para tocar la torre del ordenador; el metal aún conservaba un calor residual, una vida que se le escapaba entre los dedos.
Fuera, en el pasillo, oyó el roce de unos pasos vacilantes y el rumor de los vecinos que salían a los rellanos, no para ayudarse, sino para vigilarse en la nueva oscuridad. Sintió una punzada de alivio: si el mundo se había detenido, ya no tenía que terminar nada. Pero la sensación duró poco. Sin la luz azul bañándole la cara, la habitación se volvió de pronto demasiado grande, y sus propias manos, apoyadas sobre el escritorio, le parecieron objetos extraños, pesados y perfectamente inútiles.
Daniel Omar Cignacco
El final es tan desolador que produce escalofríos.
Es un texto con una textura poética envidiable. Logras que el lector sienta el calor residual del metal y el frío del aislamiento social en menos de 200 palabras.
Es un ejercicio de existencialismo tecnológico muy depurado. Logras que el lector sienta miedo no por la oscuridad, sino por la repentina obligación de tener un cuerpo y una identidad fuera de la red.