La cosa infinita (Daniel Omar Cignacco)

La única dirección que no cambia

Con los años cambié de casa, de ciudad, de oficio, de amigos, de opiniones y hasta de nombre en la manera de presentarme ante los demás. Cambiaron mis libros, mis fotografías, mis costumbres, el número de teléfono y las personas a las que alguna vez consideré imprescindibles. Algunas desaparecieron; otras simplemente dejaron de reconocerme.

También cambié de cuerpo, aunque el espejo tardó bastante en notificarme.

Sin embargo, hay algo que permanece intacto desde hace décadas: mi dirección de correo electrónico.

Todavía recibo mensajes allí. Publicidades de negocios que ya no existen, invitaciones de personas que olvidaron haberme conocido, avisos automáticos de servicios que abandoné hace años. De vez en cuando llega un mensaje de alguien que me busca y que, sin saberlo, está escribiéndole a una versión antigua de mí.

A veces pienso que esa dirección es mi verdadera identidad. Una pequeña habitación digital donde siguen viviendo todos los que fui, sin muebles nuevos, sin mudanzas, sin arrugas.

Quizá por eso nunca la cambié. No por comodidad ni por nostalgia. Simplemente porque, mientras todo lo demás se transformaba, necesitaba dejar una puerta abierta.

Hace unos días recibí un mensaje de un desconocido. El asunto decía: «¿Seguís siendo vos?».

No lo abrí.

Me quedé mirando la pantalla, pensando que, después de tantos años, alguien había encontrado la manera de preguntarme lo único que yo tampoco sabía responder.

Entonces comprendí que no era mi dirección de correo la que había sobrevivido al tiempo.

Era el tiempo el que todavía no había conseguido cambiarla.

Daniel Omar Cignacco

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